El cine te revienta la casuística mental

Hoy voy a dar la chapa con mi teoría del pato sobre el papel de la narrativa en las relaciones. Agárrense, que esto es largo.

Cuando pensamos en “la heteronorma“, “el mito del amor romántico” y otras estructuras culturales que nos hacen la puñeta en las relaciones, no especificamos muy bien cómo llegamos a absorber este tipo de influencias. Vamos, que ni nos lo hemos planteado la mitad de las veces.

La cultura se transmite en el contexto familiar y social desde la infancia y la vamos absorbiendo de forma paulatina pero raramente formal. No nos suelen dar una clase magistral acerca de cuál es la distancia personal adecuada, por ejemplo, y sin embargo las poblaciones mediterráneas y japonesa tienen distancias sociales bastante diferentes.

Desde que nacemos vamos poco a poco interiorizando estas normas por ensayo y error en nuestra propia práctica (según se nos alaba o penaliza cada conducta), pero lógicamente este método solo funciona en aquellos aspectos que podemos llevar a la práctica. Una niña de 8 años puede masticar haciendo ruido, tiene esa oportunidad a diario y por tanto puede ser reprendida o alabada por ello y, de este modo, interiorizar la norma de su grupo sobre este tema. Pero no va a tener relaciones afectivas como las de las parejas adultas con 8 años, y sin embargo la norma acerca de la configuración adecuada o no (según su entorno)  de este tipo de relaciones ya está inculcada a esa edad.

¿Cómo sucede? Hay dos mecanismos básicos. Por una parte, el aprendizaje de lo que ve día a día en su entorno: su propia familia, las familias del vecindario, las relaciones de las hermanas mayores de sus amistades, etc.

Y, por otra parte, los relatos. Estos incluyen cuentos que se les cuentan, libros que leen, películas y series que ven.

Es frecuente achacar a la narrativa tradicional el papel de Malo Número 1 en la perpetuación del mito del amor romántico, pero yo no lo veo exactamente así. Los cuentos populares, si se huye de las versiones editadas para ajustarse a lo que consideramos correcto en el siglo XXI (y que excluye violencia, incesto, fraticidio, abandono de menores por parte de sus familiares biológicos y otras cuestiones que nos parecen inapropiadas para la infancia en la actualidad) presentan ejemplos de amor romántico, pero muchos menos de los que creemos. Nuestra interpretación de el príncipe besa a la princesa y ella despierta y se casa con él suele ser “oh, cielos, que estupidez, proponer que la chica se enamore del príncipe en un solo beso“. Pero esa es nuestra interpretación, ojocuidao.

El planteamiento real que se da en muchas de estas historias es que los personajes femeninos escapan de situaciones de abuso familiar alcanzando un estatus social superior gracias a matrimonios que, si no los leyéramos a través de nuestras propias gafas románticas, son claramente de conveniencia. La Cenicienta de los Grimm (que no tiene hada madrina, por cierto), huye de una situación de pobreza y maltrato gracias a su determinación y su capacidad de utilizar su belleza y encantos para seducir a un príncipe. En ningún lugar dice que se enamore de él. Lo que consigue es convertirse en objeto de deseo y ser así rescatada de una vida con muy pocas perspectivas.

cenicienta.jpg
Corre, nena, que no llegas.

Evidentemente no es un relato revolucionario ni tiene esa función. Y por favor, que nadie venga a joderme con que yo apoyo ese tipo de mensaje para las mujeres porque yo no estoy diciendo eso, lo que digo es que no es un relato sobre el amor, es otra cosa.
Es una historia que no pretende subvertir el orden social o empoderar a las mujeres para que tengan conciencia de clase. Es un relato dirigido a la conciencia individual que da un mensaje claro: “emplea tus encantos para promocionarte a través del matrimonio”, y que encaja absolutamente en una época preindustrial en la que el amor de los trovadores y los libros de caballerías era una frikada para ricos y desocupados.

Durante una buena parte de la historia, la mayoría de la gente común y sensata se casaba haciendo un balance de sus posibilidades económicas y de alianza productiva. Tú tienes vacas, yo tengo prados.

(Nota curiosa: la compañera de la que habla Vimes en ese enlace soy yo, no le estoy birlando el simil a nadie. Y él tampoco, me pidió permiso para usarlo.)

Incluso si no tenían patrimonio que proteger estratégicamente, un varón solía preferir idealmente mujeres con pinta de buenas paridoras. Y una mujer, un varón que tuviera dos dedos de frente, fuera capaz de acarrear leña y no se gastara todo lo que ganaba en la taberna. Los relatos populares no apostaban por el amor romántico en general, iban más enfocados a la supervivencia práctica.

Tras el XVII y sobre todo la industrialización (estoy haciendo un resumen brochagordista, sí) se popularizan paulatinamente muchas de las narrativas aristocráticas, primero hacia la burguesía y después entre la plebe. Romeo y Julieta deja de ser una tragedia sobre dos zumbaos que se pasan por el forro las más elementales leyes de la lógica matrimonial (y así les va, que si revisáramos Shakespeare sin pretender ver un bello romance en cada párrafo de sus obras lo íbamos a flipar bastante… porque amor romántico hay, pero lo que no hay es la idealización del mismo como lo mejor que le puede pasara un ser humano) y pasa a ser un paradigma de lo que debiera ser, y debiera triunfar a pesar de las adversidades.

En ese momento los cuentos populares se romantizan y se les empieza a dotar de una lectura pro-enamoramiento que no estaba ahí antes. Y llega, oh, cielos, el cine.

Y cuando llega el cine estamos jodides todes. Mucho más que con la narrativa oral y escrita. Y esto es mi hipótesis y no tengo ningún tipo de evidencia demostrable (de momento), pero mi punto de vista es este: el cine hace una cosa muy puñetera que es presentar casos ficticios con una intensidad y realismo visual que te hace imposible distinguirlos de la realidad en tu recuerdo. Es decir, caso por caso sí recuerdas que es ficción,  pero la impresión general para sacar conclusiones es que son casos reales.

Cuando escuchas una historia, puedes pensar que es verídica y que pase a formar parte de tu repertorio de casos mentales, pero aún puedes ponerle cierto filtro porque el impacto visual no está. Y que sí, que se te pueden colar bajo el radar del sentido común y convertirte en una Madame Bovary secuestrada por la narrativa romántica. Mi punto de vista, sin embargo, es que gracias a la pantalla ahora estamos Bovarizadas de serie.

Pensad en cuántas relaciones habéis conocido con un mínimo de cercanía a lo largo de vuestra vida, lo suficiente para saber de qué va la vaina internamente. Las vuestras. Las de vuestras amistades. Las de la familia. Las de los vecinos. Venga, vamos a tirar por lo alto…. ¿20 relaciones? Hablo de relaciones en las que podáis saber cómo se conocieron, como se emparejaron, cómo toman las decisiones, cómo superan las crisis o, siquiera, si se hablan en la cena o les da lo mismo que al de enfrente le parta un rayo.

El diario de Noah
Confieso que no la he visto porque me da perecica. Y eso que yo me trago cada novelón…

Ahora pensad en cuántas relaciones románticas ficticias habéis “conocido íntimamente” desde la infancia. Habéis visto más veces a Bruce Willis sufrir por amor que a vuestra tía Matilde, ya os lo digo yo. Y en vuestra cabeza, cada romance de Ryan Golsling o Sandra Bullock, con todas sus imágenes y declaraciones, con todas sus cadenas de sucesos inverosímiles, se depositan en vuestra cabeza como “un caso más de relación romántica”.

Y claro, la estadística la tenemos completamente jodida. Porque aunque el modelo de las 20 relaciones de verdad que conocemos sea una mierda, al menos es de verdad. Y la gente discute por dinero y no lo arregla follando, o se enamora de otra persona pero el amor verdadero no triunfa, o igual se quedan juntos pero joder qué suplicio y no hay final feliz. O resulta que tienen una buena convivencia pero no se dedican a empotrarse a todas horas sobre el mostrador de la cocina dejándolo todo perdido, sino que van al Carrefour el domingo a comprar la leche de oferta, y mientras tanto se cuentan lo que han hecho en la semana o planean las vacaciones en Almería. Y en la mayoría de los casos se pagan las facturas, se pone un plato en la mesa y se enciende la calefacción, que es para lo que está hecha la familia, coño, no para que Cupido haga prácticas de arco. Que no digo que no pueda estar hecha para más cosas, pero sin esa, nah.

Claro, vete tú a decirle a alguien que ha conocido de cerca unas pocas relaciones pero tiene 250 casos de Hollywood en las meninges que no, que su relación no va a prosperar por mucho que se entregue, porque es que de partida su relación es una mierda. O que está fenómeno que su hija tenga dos novios y eso no la va a hacer una desgraciada más que si solo tuviera uno, por mucho que en su mente esto sea un telefilme de sobremesa en Antena 3 y vaya a acabar fatal.

Porque no peleas contra una muestra de 20 casos diversos, sino contra una de 250 bastante hegemónica. Y es mucho más fácil que te digan “eso en la realidad no puede funcionar” cuando no se tiene ni pajolera idea de lo que es la realidad porque el cine nos ha jodido la casuística pero bien.

La única solución posible pasa, claro está, por ir produciendo cada vez más material audiovisual que cuente otro tipo de historia. Visual. Que se quede en la retina. Que vaya al mismo cesto al que va tu recuerdo de la cara de tu tía Matilde cuando te ha contado que eh, está teniendo su primera relación lésbica y está encantada.

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