“Los problema se arreglan abajo”

Para que se entienda lo que vengo a contar aquí, necesitamos dos pasos preliminares.

El primero es la definición de coste de oportunidad, que es un concepto económico sencillo pero que utilizamos mucho menos de lo que nos conviene. Se refiere a que, cuando eliges una opción, debes recordar que, además del esfuerzo que suponga en sí esa acción, estás dejando de tomar otras alternativas, y eso deberías considerarlo un coste. Por ejemplo, si tengo cinco días de vacaciones y elijo pasarlas con mi relación A, no puedo ni pasarlas ni con mi amigo X ni sola. Si tengo 8 euros y decido gastarlos en ir al cine, no puedo comprarme tebeos o alcachofas con esos 8 euros.

Si fuéramos perfectas máquinas de racionalidad, el coste de oportunidad de nuestras elecciones sería siempre algo meditado y positivo, y todas nuestras decisiones estarían contrapesadas teniendo en cuenta este factor. No os sorprenderá saber que no suele ser así 🙂

El segundo paso es que os voy a explicar una regla que te graban a fuego cuando empiezas a bucear y que tal vez conozcáis: en caso de que tengas problemas con el equipo en una inmersión, no entres en pánico y trates de salir a escape a la superficie, porque eso suele ser un desastre.

Sin meternos en complicadas explicaciones acerca del nitrógeno y las burbujas en sangre, la idea es que una subida rápida a superficie puede provocar males mayores que los que se trata de evitar. Normalmente es mucho más seguro no asustarse y tratar de usar todos los recursos que tienes a tu alcance para arreglar el problema en el lugar donde estás. Lo contrario suele ser mala idea, aunque sea lo que te pide el cuerpo.

En realidad, hay muchas situaciones en relaciones no monógamas en las que te sientes como una novata a la que le han cascado unas botellas de aire a la espalda, un regulador, un chaleco hinchable y que ha aceptado meterse a 20 metros de profundidad sin tenerlas todas consigo. Y da igual cuánta experiencia tengas en relaciones poli o no poli, va a haber días de estos. Porque el problema es que, ante una situación nueva, no sabes quién eres. Hasta que estás ahí. 

Igual tenías una relación monógama y has decidido abrirla, y ahora tienes que gestionar los sentimientos de varias personas, incluida tú.

O resulta que estabas en una relación abierta solamente al sexo y tu pareja de repente se ha enamorado de alguien más.

O a lo mejor tu relación primaria ha decidido tener otra relación con alguien que te resulta amenazante.

O igual resulta que te pareció una idea fantástica irte a vivir con tus metamores a la misma casa y ahora te despiertas cada mañana en OK Corral.

Yo qué sé, mil casos en los que te has metido en una situación nueva y de repente algo se ha torcido y todo tu ser grita MAYDAY MAYAY EMERGENCIA SACADME DE AQUÍ YA.

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La tentación de cerrar la pareja, decirle que no vaya a esa cita, ponerle veto a esa persona nueva que ha conocido, etc…. es grande. Pero no deberías hacerlo a la ligera, y la razón es el coste de oportunidad. Si le dijiste a tu relación monógama que en agosto los dos ibais a tener la posibilidad de tener experiencias sexuales con otra gente y el 31 de julio dices que no porque te han entrado sudores fríos, no es como si volvieras a la casilla de salida. Hay un precio y lo vais a pagar.

Tu pareja tal vez se lo tome muy bien aparentemente, pero lo más normal es que se frustre porque lleva dos meses pensando en tirarle los trastos a ese compañero de oficina que le pone ojitos, y el frenazo le va a sentar como un tiro. El coste de oportunidad puede ser mucho más alto de lo que crees.

Probablemente merece la pena, en lugar de salir a escape de la situación, tratar de arreglar el problema pero en la misma zona en la que estás.  Hay todo un abanico de soluciones que se pueden intentar poner en práctica in situ, con un desgaste menor. Sobre todo, nos guste o no, raramente el forzar la marcha atrás y regresar a toda prisa a la zona simple de la superficie se va a poder hacer sin un coste que puede ser letal para la relación, o como poco grave.

(Por supuesto, hay excepciones. Si el problema que tenemos es el fallo de un regulador, eso se arregla abajo. Si es un infarto o un tiburón de 5 metros, PUES IGUAL LO SENSATO ES SALIR DE AHÍ A TODA OSTIA. En términos de relaciones: en una situación de maltrato, lárgate en cuanto puedas. Lo que sigue se aplica a situaciones comunes de conflicto que no implican riesgos por el mero hecho de estar en la relación.)

Si es posible, es preferible tomarnos un tiempo y recordar en primer lugar por qué decidimos que era una buena idea tomar la decisión que tomamos. Tal vez lo sigue siendo, tal vez no. Darle una vuelta despacio. Si tenemos dudas, hablarlas abiertamente con nuestra pareja, pero con el ánimo de buscar una solución que encaje lo mejor posible a todo el mundo, no con el de salir de un estado incómodo sin pensar en más.

Es lícito decir “mira, pensaba que iba a llevar mejor que tuvieras esa cita, pero la verdad es que no me siento bien. No quiero que la canceles, lo que quiero es sentirme mejor en esta situación, y para eso me gustaría que hicieras…”. O, si pensamos que es mejor pedirle que sí la cancele porque realmente pensamos que las consecuencias van a ser excesivas, comentar que estamos pensando en pedírselo pero que quieres hablarlo antes para saber su opinión. Formular peticiones explícitas es bueno, igual que estar abiertas a que nos ofrezcan otra alternativa. También es normal y aceptable, repito, no saber cómo te vas a sentir en una nueva situación, y una vez que esta se da, darte cuenta de que no quieres seguir.

Lo que no va a ser buena idea es dar un volantazo a la decisión justo antes de que se vaya a materializar (es decir, 10 minutos antes de que salga por la puerta). Si hay que regresar a la situación anterior, que sea con calma y sin perder los nervios. Para eso hace falta margen de tiempo.

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Esto es un manómetro de buceo. No dejes que la aguja entre en la zona roja.

La única forma de no agotar ese margen es siguiendo otra norma que te enseñan en buceo también: comprueba constantemente tu reserva de aire. Y, de vez en cuando, comunícasela a tu pareja de buceo y pregúntale por la suya.

Aterrizando la metáfora, revisa cómo te sientes en todo el proceso, desde que se toma la decisión de cambiar algo. Examínate: si te encuentras triste averigua por qué, si te enfadas lo mismo, si estás alegre también. Aprende de tus emociones y habla de ellas a tu pareja, y pregúntale por las suyas. Negar cómo te sientes o quitarle importancia es tan absurdo como dejarse en casa el manómetro.

Al final, la mejor estrategia para no tener sustos es ir con cuidado y con calma desde el principio. No solo hay que subir despacio, sino bajar despacio también al principio de la inmersión. Que las ganas de ver peces de colores no nos la jueguen.

 

 

 

 

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